Ninguno se nosotros sabemos lo que nos hizo ser, lo que somos y cuando tenemos que decir algo, generalmente nos inventamos una buena historia.

Las historias son una de las mejores formas que tenemos para tratar darle sentido al mundo. Vemos todas las coincidencias, conexiones, rarezas y contradicciones que nos rodean y las entretejemos en una narrativa plausible, en la que todo cobra sentido y las inconsistencias son explicables. Esta increíblemente útil habilidad nos permite interpretar lo que de otra forma es incomprensible – sin narrativa, no tendríamos una forma efectiva de darle sentido a nuestras experiencias. Casi todo aquello que vivimos, lo empaquetamos en una historia – los descubrimientos científicos, las noticias, nuestras relaciones, la historia, todo esto se guarda en nuestro archivo mental de historias.

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Las historias dan forma a nuestra forma de pensar. Es el camino a la experiencia: las representaciones mentales que incrustamos en nuestra memoria a largo plazo, nos permiten imaginarnos en situaciones nuevas y mejores, a escalar más alto y viajar distancias aparentemente imposibles. Hay mucho de verdad a la idea de que si piensas que puedes, puedes.

Pero las historias también pueden guiarnos hacia el error. Mucho de lo que creemos, lo creemos porque se amolda la las historias que conocemos. Puede ser increíblemente difícil, pensar fuera de esta lógica circular. A veces estas historias pueden llevarnos por mal camino. Hay que ser cuidadoso porque la comprensión de nuestros estudiantes a cerca de un nuevo tema, puede descarrilarse a causa de sus propias experiencias y de cómo entienden el mundo en ciertos sentidos.

Nuestras historias dependen de puntos de anclaje; ideas sin respuesta que todos, simplemente sabemos. Estas pueden ser ideas que gobiernan los paradigmas dentro de los que pensamos, o hechos simples, como el de que la tierra es plana y el sol gira en torno a ella. Siempre que nos oponemos a una verdad así de evidente, podemos correr el riesgo de experimentar la ilusión de la sabiduría.

Cuando Barry Marshall aceptó el premio Nobel de fisiología en el 2005, el mencionó una cita del historiador Daniel Boorstin: “El más grande enemigo del conocimiento no es la ignorancia, es la ilusión del conocimiento. Marshall había sufrido el desprecio de la comunidad médica durante casi una década, cuando presentó pruebas de que las úlceras estomacales eran causadas por una bacteria y no, como se creía, por estrés. La idea de que una bacteria pudiera vivir en el ácido estomacal, estaba tan fuera de la historia que se había contado por los doctores, que la evidencia de lo contrario parecía irrisoria. Los doctores prefirieron continuar con horribles operaciones de estómago, que con un simple tratamiento de antibióticos. No fue hasta que Marshall, desesperado, se infectó a sí mismo y luego se curó, que comenzaron a escuchar su historia. Algunas veces, las suposiciones perturbadoras y las ilusiones explosivas, pueden llevar a nuevas e inimaginables historias.

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Cierto es que las ideas perturbadoras son el camino para hacerte popular. Cuando comencé a puntualizar que el aprendizaje es invisible o que la enseñanza tiene como la conocemos tienen profundas fallas, algunas personas se molestaron. De la misma forma, cuando cambié de opinión a cerca de las tareas en casa y puse en duda la eficiencia de calificar y sugerí que debía permitírsele a los profesores hablar tanto como fuera necesario, muchos se me fueron encima, me ridiculizaron y en varias ocasiones fui bloqueado por aquellos que simplemente son incapaces de escuchar ideas discordantes, sin tomarlo de forma personal. Para ser justos, también he tratado siempre de puntualizar donde es que, mi propia dependencia a una narrativa personal, ha reducido mi habilidad para pensar e imaginar mejores y nuevas formas de evaluar a los estudiantes. Estas son historias.

La verdad es que sospecho que nada hace mucho sentido y que nadie tiene una idea clara de por qué hace lo que hace. Impalpable como puede ser, suceden cosas. Tal vez la historia es, como dijo Alan Bennet, solamente “una pinche cosa tras otra”. O tal vez, ¿esa es tan solo otra historia?

Todos estamos sujetos a la ilusión del conocimiento y la historia que contemos estará envuelta en todo tiempo de errores de transmisión, malos entendidos e ignorancia pura y dura. No podemos evitar esto: errar es humano. Todo lo que podemos hacer, es permanecer abiertos a la certeza de que hemos cometido errores y cuando surjan, hónralos como oportunidades para contar nuevas y mejores historias.

 

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